Mr. Pinkerton y las teorías conspirativas
¡Hola muchacho!
¿Cómo pasaste el mes de mayo?. Según me dijeron, te dejaron salir cada tarde para acudir a las corridas de Las Ventas. Lo que no sé es si se debe a tu afición taurina o a tu pasión por la sangre ajena… Yo pasé unos días muy moviditos a finales de mayo. Tuve un caso de los que hacen afición… a priori. Hace unas semanas me encontraba garabateando unos papeles mientras me tomaba mi té en el Café Comercial cuando, de repente, una señora de mediana edad, sudorosa y ajetreada, se sentó a mi lado no sin antes cerciorarse de que nadie la observaba. Muchacho, me bastaron esos pocos segundos para detectar el cariz del caso que se me aproximaba. Se presentó como Matilde Martos, Catedrática de Derecho Internacional en una conocida universidad privada. Le pedí un vaso de agua fría para que fuera refrescándose y ordenando sus palabras que iban a describir el nuevo caso: “Mr. Pinkerton, acudo a usted por su profesionalidad y por lo alejado que está de este tipo de casos. Vino a mí un ladronzuelo que, sin saberlo, le había robado el maletín a un diplomático extranjero. Al llegar a su casa lo abrió y encontró allí papeles que hablaban de un posible atentado aprovechando la próxima visita del Secretario General de las Naciones Unidas. ¿Por qué me buscó este chico?. Porque mi nombre aparecía en los papeles como una de las personas que podían frustrar el magnicidio”.




